“Una ciudad se convierte en un mundo cuando se ama a uno de sus habitantes”




Antonio Capriotti en El Cairo



¿Quién es Antonio Capriotti?
 Incansable viajero de paisajes, personajes y las profundidades del alma. Periodista, escritor e inigualable entrevistador. Va aquí algo de sus reseñas de un viaje por la ruta de Edipo.

Es Septiembre,  y hace calor en El Cairo.
El Cairo tiene gente de todo Egipto. Migrantes del sur, con sus costumbres y sus tradiciones, y gentes del mundo que en El Cairo se mezclan. En su aeropuerto también. Cuando la  espera se alarga, es fácil entrar en conversación con extraños a punto de dejar de serlo porque van a compartir un vuelo de 4 horas.
“Vivo en El Cairo y vivo como una musulmana. Soy española” – no hubiese sido necesaria la aclaración -, “de Sevilla, y me enamoré de un Egipcio. Y acá estoy, a su lado”.
Inconfundible su acento andaluz; de estatura baja, va vestida a lo occidental y se la ve exultante: “Me tomo unos días de vacaciones en Europa con unas amigas”, dice.
¿Y tu marido?
“Se queda a atender el negocio”, mientras cuenta que el de ellos es un negocio de electrodomésticos con 10 empleados.
¿Y la familia de él te aceptó?
La respuesta viene detrás de una sonrisa, “Y…sí”.
El Cairo está atravesado por muchas culturas…
La fila para acceder al vuelo con destino a Atenas se mueve con melosa lentitud. Dejar a El Cairo después de haber recorrido parte Egipto exige un esfuerzo extra: recordar.  Y al viajero se le mezclan y confunden los nombres de faraones, templos, reyes y conquistadores, lugares de nombres entrecortados.
El Cairo  es una ciudad doliente. Y enigmática. Todo en El Cairo parece vetusto. Hasta aquello que todavía no se ha inaugurado, ya aparece envejecido. Será porque prevalece el color áspero de la arena. Hay algo que irrita en El Cairo. La gente que habla a los gritos;  quienes viven del turismo rodeando al viajero con la persistencia de quien sabe que se va a salir con la suya.
Como cintas aéreas, las autopistas la cruzan a El Cairo con desdén y urgencia. Tráfico caótico. Vértigo. Todo allí se desliza con apuro porque lleva mucho tiempo trasladarse de un sitio a otro. Y dejarse llevar por estas cintas gigantes es meterse en las entrañas de la ciudad; y, allí, se muestra, desnuda, la aspereza de la vida de sus habitantes. No se pueden pedir milagros; los ingresos de la mayoría no superan los 200 dólares al mes. A ambos costados de las autopistas se levantan edificios que están en permanente construcción. Viviendas apiñadas. A la escasez de tierra, los precios de los terrenos trepan a las nubes y las familias se aferran al propio, sobre el que van construyendo a medida que sus hijos se va casando, piso sobre piso. No quedan ni tiempo, ni ganas, y mucho menos dinero, para dar una terminación al edificio que muestra con desparpajo los hierros del encofrado como bigotes al viento; y los ladrillos crudos, sin revoque.
En El Cairo casi todo es incomprensible.  Sí se comprende el adjetivo faraónico.

Morad es guía y acompaña a su grupo hasta el aeropuerto para despedirse de él. Es un profesional responsable y comprometido. Vive en El Cairo, donde nació. “Adoro El Cairo, lo adoro”; “estoy enamorado con esta ciudad”, se apasiona  Morad, mientras habla aprovechando toda la cavidad bucal; redondea vocales y consonantes como si antes de salir de su boca dieran una vuelta completa para emerger llenas y fáciles de comprender. “Claro, para ustedes El Cairo es una ciudad distinta y también debemos dar en la cuenta que ustedes pasan todo el tiempo alrededor de los sitios monumentales, pero no han visto a El Cairo”.
No lo habíamos visto.
“Yo creo que El Cairo ha cambiado mucho”, dice Morad, y agrega: “Tenemos que entender que Egipto moderno ha sido una monarquía por mucho tiempo; desde 1805 hasta 1952, casi 150 años de monarquía. En aquél tiempo El Cairo tenía otro carácter, otro estilo; Egipto monárquico contaba con treinta millones de habitantes; hoy tiene 80 de los cuales 20 millones viven en El Cairo. Desde los 50 ha cambiado mucho”, afirma Morad.
Y se nota, sobre todo al recorrer la represa; un país antes y después de Aswan. Obra monumental.
El Cairo se ha modernizado. Sí. Pero ¿cuál es El Cairo? ¿El de los barrios viejos donde están las mezquitas antiguas? ¿El Cairo islámico donde están iglesias cristianas muy antiguas del siglo IV? ¿El Cairo faraónico de las pirámides?  ¿O El Cairo moderno suntuosamente occidentalizado del centro con edificios vidriados y hoteles de 7 estrellas?  ¿O El Cairo de Heliópolis, residencial y elegante,  muestra inmoral de la injusticia?  ¿Tal vez El Cairo del barrio copto?
El Cairo está atravesado por muchas culturas y por injustas desigualdades. Es una mega ciudad que está en estado de bullicio. Afiebrada. Insomne.
¿Por qué elegiste como idioma el español?,
“Elegí este idioma en el año 85 un año antes de empezar en la universidad. En ese tiempo era raro en mi país estudiar español. Mi padre decía ´Por favor Morad estás eligiendo un idioma que nadie conoce nada. ¿Eres loco o qué? Todo el mundo estudia inglés y francés´. “No; le dije, me gusta tener un idioma que no tiene nadie. Éramos 15 alumnos en español y en inglés, 300; en francés, 500”. Morad, hace una pausa y dice: “También he leído mucho sobre los países que hablan castellano: son 22 países. Yo desde niño tenía ganas de trabajar en turismo. Lo elegí al español porque hay muchos países que lo hablan. A parte siendo pocos guías que lo hablamos puedo elegir el trabajo”.  Este egipcio que se acerca a los 50 años recurre sistemáticamente al tiempo verbal presente como si tuviera miedo de perder algo; como si lo acechara el peligro del olvido.
A El Cairo se lo abandona con algo de tristeza; queda un resabio, la fina sospecha de que algo quedó en el fondo de todo, que no se ha podido entender del todo. Tal vez por lo que dice el proverbio árabe, leído en un libro de Lawrence Durrell: “Si quieres ocultar una cosa escóndela a los ojos del sol”;  y el sol en El Cairo y a toda hora del día, es un adversario poderoso y civilizado, agobia pero no  aniquila.
¿Qué sentís al dejar esta ciudad y a tu esposo?
“Siento alivio. Pero en unos días te dan ganas de volver”, nos dice esta andaluza musulmana compañera de asiento de un vuelo de 4 horas. 

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