CLUNY: LA DAMA DEL UNICORNIO- Continuación -por Antonio Capriotti


 

Escaleras arriba, espera, desde hace años, la Dama del Unicornio. Rilke tomó debida nota en sus cuadernos. (Todos deberíamos agradecerle a Georges Sand su celo en cuidar las telas; y en hacérnoslas conocer). Casi un milagro: están como cuando el más anónimo de los artesanos las concibiera hacia finales del Siglo XV. El ambiente que alberga a las telas es redondo. Parece que, Dama y Unicornio, león y doncella, nos abrazaran, invitándonos a su bucólica ronda.
Ella, la Dama, se repite en la obvia reiteración de los sentidos. La Dama y su doncella, su entrometido unicornio, el ingenuo paisaje, el león de cara redonda, se esconden tras sus obedientes figuras. 
Podemos escoger cualquiera, aunque la disposición de las telas, el ambiente con luz cuidada, la arquitectura, nos condicionan a caminar al compás de los sentidos. El primero: ¿el más cerebral? El olfato. Es como oler recuerdos, leyes, razonamientos. Inhalamos; y el olfato se abandona a la sensualidad del momento. La Dama se entretiene y teje una corona de flores. Se dispone a oler una rosa.

                                       EL OLFATO

Dispuestos a ver, nos dejamos trasladar a la segunda tela. Nuestra visión se ajusta. Entonces recién vemos: la Dama, rostro compungido, arrodillada, deja que el unicornio descanse sus patas delanteras en sus flexionadas piernas, mientras sostiene el espejo que refleja, del unicornio,  su ilusoria testa. Blandiendo en lo alto, el estandarte con la insignia de las tres lunas en cuarto menguante apuntando a las alturas, embelesado, hace escapar su mirada el león. La ternura de la dama contrasta con la mirada desalmada del león. La Dama con los ojos entornados, da por obvia la respuesta del espejo a la mundana mirada del unicornio. 

LA VISTA

Apacible y desafiante; segura y circunspecta, ahora, la dama se ocupa de asir, con su mano derecha, el simbólico estandarte; mientras que, con la izquierda, acaricia con recatada sensualidad, la fantástica protuberancia. Ritual mágico. Pasos de un  ceremonial cargado de sensualidad, simbolismo, promesas...  

 
EL TACTO

Otra de las telas se encarga de mostrarla inmóvil, señorial, en el centro de la escena, con los dedos de una de sus manos adentrándose en el cáliz enorme, y en la otra mano, hace equilibrios una frágil ave que aletea. Unicornio y león ostentan, engreídos, sus estandartes, luciendo capas que dejan ver, tras sus dobleces, las lunas incompletas, dentro de la reiterada franja azul, mientras la Dama se dispone a llevar un dulce a la boca. Nos invita a masticar. A disolver lentamente en nuestras lenguas el dulce bocado. La cesta descansa a un lado, y la niña no deja de mirarla mientras sus brazos firmes, amarran el cáliz. 

EL GUSTO
                                    
Silencio. Apacible y dispuesto a convertir dedos ágiles en notas estiradas como gotas de miel, el pequeño órgano, montado sobre una mesa con tapiz oriental, se ofrece por igual a la Dama y a su doncella. Se deja escuchar una rapsodia sin estridencias, como cientos de gotas de lluvia golpeando contra el suelo.

EL OIDO

Todo parece concluir. Ya desfilamos ante los cinco sentidos; aunque aún se nos ofrece otra tela: en ella, la Dama blande  un collar de perlas que hace emerger de una tabaquera que sostiene la doncella. En las otras telas, artificiosos collares, cadenas y crucifijos,  rodean su cuello. Ahora es como si intentara desprenderse de ellos. Como si todo ornamento no fuera más que un estorbo que entorpece los sentidos. Como si nos dijera: “para poder sentir, toda la civilización deberá esperar.”
Desde el centro la vemos emerger a la Dama de una redonda tienda. Ambos, unicornio y león, sostienen las puntas de la lona, para mantenerla abierta, mientras la doncella le ofrece a nuestra Dama el neceser.  
A mon seul désir. Parece ser su único deseo. Despojarse. ¿Para qué? Tal vez la respuesta esté en lo que representa el unicornio como animal mítico, fabuloso y extravagante: ¿un sensual encuentro?    

Afuera, como es la costumbre en esta época del año, llueve sin apuro sobre una París algo nostálgica y discreta.

NOTA DEL PRESENTADOR:

El último de ellos es un misterio por desevelar .
 Es posible que represente al  Sexto Sentido
a quién aún nadie ha puesto nombre 

 y  la frase que lo preside un enigma sin descifrar que ha dado lugar a muy diversas interpretaciones 
"A mon seul désir"
A mi único deseo

Descubiertos por Prosper  Mérimeé  
en el Castillo de Boussac en 1841 
 los podemos encontrar  en el Museo de Arte de Cluny
... y contemplarlos sí que es un verdadero placer
 para los Sentidos