LA CASA DE LA LUNA PARTIDA por marcelmaina



Eran las 11 de la noche, casi en punto. Marcos Paz dejó atrás la costa del río, y se internó en un sendero que lo llevaría a la casa de los Riviera. Un tiempo atrás, llegó a ella en busca de descanso. El augurio de buena pesca y sol lo convencieron de aceptar la invitación. Ahora llegaba a ella como un ladrón, a la espera de engañar a perros y alarmas. No a vecinos, porque la casa a la cual se acercaba sigilosamente estaba aislada del pueblo y otros caseríos.
El fuerte aleteo de una lechuza lo distrajo y le hizo saber que estaba a merced de la sorpresa. En su corta carrera como investigador por necesidad y azar había aprendido que lo que más lo atrapaba de ese oficio era la aventura de encontrarse siempre con variables no pensadas, que como el cruce sorpresivo de esa lechuza lo llenaban de adrenalina. Lo que ahora le tocaba investigar no era lo de siempre. No era un caso más de infidelidad que necesitaba de fotos, que tanto lo había enfrentado al dilema moral de pensar “¿quién soy yo para fisgonear en la vida amorosa de otros?”. “Yo, con tres parejas poco estables y tantas escapadas a la nada”. Tampoco se trataba de una desaparición, como aquella en la que el “ausente” le pidió por favor que olvidara haberlo visto. Y así fue, porque supo que era necesario. Porque hay gente que salva su vida huyendo. Él de algún modo u otro era especialista en fugas.
Pero ahora no, se trataba de dilucidar si el delito había ingresado en la vida de antiguos amigos, los Riviera.
Siguió avanzando, cuidando el silencio, insultando para adentro cada pequeña ramita que resistía a su pie. De repente, vio la casa, un chalet imponente para la zona, de dos plantas, estilo inglés y antiguo, pero muy bien conservado. El techo partía la brillante luna redonda, como hiriéndola. Recordó aquellos tranquilos días en esa casa, donde la pesca no fue tan buena, pero si los atardeceres y el suave sonar del río llevando las penas de su última separación. Y los Riviera, sus amables anfitriones. Supo mantener la distancia necesaria para no importunar demasiado y para demostrar su agradecimiento, ya que la falta de plata y el desánimo lo hubieran encerrado en cigarrillo y alcohol en el viejo y deteriorado departamento de pasillo donde había ido a parar. Conocía a Raúl Riviera desde hacía mucho tiempo, no solo por cmpartir el trabajo en una compañía de seguros, sino por el fútbol de los sábados y las copas vacías de tantas noches. Fue entre copa y copa que él conoció a su actual mujer, Nora. Y allí se cortó el fútbol, las copas y los “donde siempre”. La quiebra de la aseguradora los separó definitivamente por un largo tiempo. No supo nada de Raúl hasta que fortuitamente se cruzaron en un bar. Fue una verdadera alegría saber que a alguien le había ido bien. Los noventa en la Argentina sepultaron a muchos que como Marcos se lanzaron a nuevas aventuras alentadas por la necesidad. Y a otros, como a Raúl, les permitieron sentir que su número era un pleno en la boca del croupier. Nunca fue claro al hablar de sus negocios, pero en poco tiempo algo hizo de él un millonario.
Ahora intuía saber por qué.
Y ahora allí, avanzando vaya a saber por qué razón. La llamada desesperada de Nora, su llanto urgente, su voz entrecortada tratando de explicar que había descubierto el verdadero “negocio” de su esposo. Y la amenaza de muerte inminente que sentía podía materializarse en cualquier momento. El infierno había estallado y Nora sentía que ahora vivía con un hombre desconocido, sin escrúpulos, capaz de lo impensable.
¿Era posible? ¿Era posible que su antiguo compañero fuera el mismo Raúl que amenazaba a su esposa ahora? ¿Puede la vida cambiarnos tanto?
Marcos sabía que si, que el quiebre de ciertos límites en su país había convertido a tantos en equilibristas de una moral muy resbaladiza. La vida despierta en ocasiones el monstruo. ¿Dónde estaban los límites de la corrupción? Cada día acostumbrarse un poco más. Mentirse de a poco. También él en parte lo había hecho.
Tocó la Bersa 45 que llevaba en su cinto, no la usaría “salvo cuando la vida propia o de Nora lo declarara inevitable”. ¿Podría Raúl matarla? ¿Qué Raúl conocía él?
Esperaba que apareciera el perro, Brown, el de la gran cabezota, que dormía a su lado en aquellos días de remanso compartido. Lo escuchó ladrar, tal vez había rastreado su presencia. Se quedó inmóvil, pensando qué hacer. De repente sintió la presencia del Rottweiler a su lado, los dos se miraron, él gruñía, los dos transpiraban. Se jugó a que lo reconociera. ¿Qué perciben los perros con los cristales de sus ojos y su gorda trompa? Le acercó suavemente su mano y Brown cambió gruñido por una tensa amistad. Marcos sonrió pensando que las apariencias engañan. Ahora tenía socio, que empezó a llorar al acercarse a la casa. Trató de callarlo pero temía que de acercar mucho su mano a esa terrible boca cambiara el trato. Ya estaba jugado y había que actuar rápidamente. Tuvo un breve déjà vu, recordó esa persecución en la que terminó herido y atrapado en un alambre de púas, creyó entonces que había llegado su fin y revisó su vida en segundos. Finalmente, fue la suerte de que su agresor huyera dándolo por muerto ¿Por qué no huir ahora? ¿Y si Nora después de todo aceptara el sucio negocio de su esposo que al fin de cuenta había hecho tan cómoda su vida?
Dudó un instante, y en ese instante supo que no se lo perdonaría a si mismo.
Traspuso los arbustos que rodeaban la casa y distinguió luces, pero no vio figuras ni sombras. Se acercó aún más, ya no le importaba el guardián frustrado que ahora amenazaba con descubrirlo por el llanto cada vez más fuerte. Divisó el amplio vidriado posterior apenas abierto, y se decidió a trasponerlo. Entró, dejando a Brown afuera, que empezaba a sumar fuertes ladridos. El aroma era a pólvora, y lo llevó a sacar su Bersa, y a transpirar fuertemente. Se desplazó, todo era silencio en la planta baja. Living, cocina, las escaleras. Recordaba perfectamente la distribución. Subió. La adrenalina, y su corazón como gritando. ¿Era por eso que había aceptado el desafío? Llegó a la habitación y vio a Nora, casi dormida, a no ser por los hilos de sangre en su pecho. No había pulso. La profecía autocumplida. ¿Y ahora? ¿Qué sería de Raúl?
¿Habría huido perdonándolo a él como no lo hizo con Nora?
Sobre su escritorio, con un río de rojo creciente yacía Raúl, con sueños cumplidos difíciles de sostener y un revolver caliente en su mano. Los sueños, a veces, están hechos de ese material que puede acabar con uno.
Marcos revisó su vida mientras se alejaba entre llantos y ladridos del perro ahora huérfano. Con la pistola nuevamente en su cintura y con una sensación de angustia y paz al mismo tiempo.
Antes de irse definitivamente, giró para ver la casa. La luna seguía aún partida. Le pareció ver una estela roja surcando su redonda cara.

1 Response to LA CASA DE LA LUNA PARTIDA por marcelmaina

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