BIENVENIDOS!

Venecia es una ciudad muy cercana a la ensoñación. Recorrerla de noche es entrar en un mundo de tenues luces y misterio. El caminante ensaya una constante sorpresa al recorrer sus laberintos. Diseñando, descubriendo recorridos en una infinita combinación de pasos. Vale la pena jugar a perderse. Porque perderse es encontrarse. Podría decirse que su juego se acerca al juego de la vida. Hoy, sábado 8 de Noviembre de 2.008 comienzo a generar trazos, huellas en este blog. Pronto podré subir poesías (propias, ajenas y apropiadas), imágenes, cuentos, humor, información sobre teatro. Y buenas sorpresas. LOS INVITO A PERDERSE EN ESTE BLOG.

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PARADOJAS - Germán Caporalini



Germán Caporalini es psicólogo, escritor. Algo de su producción se encuentra en
http://www.ellibrodelossalvados.blogspot.com/




Con algunos imposibles de sostener
en un mundo probable y diferente
habrá que recuperar el sentido propio,
como si lo fundamental fuese diseñar
una cartografía de la propia persona
regida por el orden lógico
de una simple enunciación.
Exigimos a mansalva
cierta articulación de todo
pero somos sólo artífices de conceptos
desde algún incierto lugar,
(como si viniese de otro lado, otro mundo)
pues aún partiendo de un episodio
 fuera de un escenario común
podrás trabajar sobre un mapa conocido,
un paisaje en pleno movimiento
como si la repetición y la diferencia lógica
fueran un campo de exterminio,
deconstrucciones en pleno devenir
que le dan sentido a todo.
Defendemos una disciplina propia
un principio de texto explicativo,
ante un episodio superado;
solo para invertir dos términos
cuando estallan algunos interrogantes,
mientras sueñas para la complejidad humana
la evolución en ese territorio.

“Una ciudad se convierte en un mundo cuando se ama a uno de sus habitantes”




Antonio Capriotti en El Cairo



¿Quién es Antonio Capriotti?
 Incansable viajero de paisajes, personajes y las profundidades del alma. Periodista, escritor e inigualable entrevistador. Va aquí algo de sus reseñas de un viaje por la ruta de Edipo.

Es Septiembre,  y hace calor en El Cairo.
El Cairo tiene gente de todo Egipto. Migrantes del sur, con sus costumbres y sus tradiciones, y gentes del mundo que en El Cairo se mezclan. En su aeropuerto también. Cuando la  espera se alarga, es fácil entrar en conversación con extraños a punto de dejar de serlo porque van a compartir un vuelo de 4 horas.
“Vivo en El Cairo y vivo como una musulmana. Soy española” – no hubiese sido necesaria la aclaración -, “de Sevilla, y me enamoré de un Egipcio. Y acá estoy, a su lado”.
Inconfundible su acento andaluz; de estatura baja, va vestida a lo occidental y se la ve exultante: “Me tomo unos días de vacaciones en Europa con unas amigas”, dice.
¿Y tu marido?
“Se queda a atender el negocio”, mientras cuenta que el de ellos es un negocio de electrodomésticos con 10 empleados.
¿Y la familia de él te aceptó?
La respuesta viene detrás de una sonrisa, “Y…sí”.
El Cairo está atravesado por muchas culturas…
La fila para acceder al vuelo con destino a Atenas se mueve con melosa lentitud. Dejar a El Cairo después de haber recorrido parte Egipto exige un esfuerzo extra: recordar.  Y al viajero se le mezclan y confunden los nombres de faraones, templos, reyes y conquistadores, lugares de nombres entrecortados.
El Cairo  es una ciudad doliente. Y enigmática. Todo en El Cairo parece vetusto. Hasta aquello que todavía no se ha inaugurado, ya aparece envejecido. Será porque prevalece el color áspero de la arena. Hay algo que irrita en El Cairo. La gente que habla a los gritos;  quienes viven del turismo rodeando al viajero con la persistencia de quien sabe que se va a salir con la suya.
Como cintas aéreas, las autopistas la cruzan a El Cairo con desdén y urgencia. Tráfico caótico. Vértigo. Todo allí se desliza con apuro porque lleva mucho tiempo trasladarse de un sitio a otro. Y dejarse llevar por estas cintas gigantes es meterse en las entrañas de la ciudad; y, allí, se muestra, desnuda, la aspereza de la vida de sus habitantes. No se pueden pedir milagros; los ingresos de la mayoría no superan los 200 dólares al mes. A ambos costados de las autopistas se levantan edificios que están en permanente construcción. Viviendas apiñadas. A la escasez de tierra, los precios de los terrenos trepan a las nubes y las familias se aferran al propio, sobre el que van construyendo a medida que sus hijos se va casando, piso sobre piso. No quedan ni tiempo, ni ganas, y mucho menos dinero, para dar una terminación al edificio que muestra con desparpajo los hierros del encofrado como bigotes al viento; y los ladrillos crudos, sin revoque.
En El Cairo casi todo es incomprensible.  Sí se comprende el adjetivo faraónico.

Morad es guía y acompaña a su grupo hasta el aeropuerto para despedirse de él. Es un profesional responsable y comprometido. Vive en El Cairo, donde nació. “Adoro El Cairo, lo adoro”; “estoy enamorado con esta ciudad”, se apasiona  Morad, mientras habla aprovechando toda la cavidad bucal; redondea vocales y consonantes como si antes de salir de su boca dieran una vuelta completa para emerger llenas y fáciles de comprender. “Claro, para ustedes El Cairo es una ciudad distinta y también debemos dar en la cuenta que ustedes pasan todo el tiempo alrededor de los sitios monumentales, pero no han visto a El Cairo”.
No lo habíamos visto.
“Yo creo que El Cairo ha cambiado mucho”, dice Morad, y agrega: “Tenemos que entender que Egipto moderno ha sido una monarquía por mucho tiempo; desde 1805 hasta 1952, casi 150 años de monarquía. En aquél tiempo El Cairo tenía otro carácter, otro estilo; Egipto monárquico contaba con treinta millones de habitantes; hoy tiene 80 de los cuales 20 millones viven en El Cairo. Desde los 50 ha cambiado mucho”, afirma Morad.
Y se nota, sobre todo al recorrer la represa; un país antes y después de Aswan. Obra monumental.
El Cairo se ha modernizado. Sí. Pero ¿cuál es El Cairo? ¿El de los barrios viejos donde están las mezquitas antiguas? ¿El Cairo islámico donde están iglesias cristianas muy antiguas del siglo IV? ¿El Cairo faraónico de las pirámides?  ¿O El Cairo moderno suntuosamente occidentalizado del centro con edificios vidriados y hoteles de 7 estrellas?  ¿O El Cairo de Heliópolis, residencial y elegante,  muestra inmoral de la injusticia?  ¿Tal vez El Cairo del barrio copto?
El Cairo está atravesado por muchas culturas y por injustas desigualdades. Es una mega ciudad que está en estado de bullicio. Afiebrada. Insomne.
¿Por qué elegiste como idioma el español?,
“Elegí este idioma en el año 85 un año antes de empezar en la universidad. En ese tiempo era raro en mi país estudiar español. Mi padre decía ´Por favor Morad estás eligiendo un idioma que nadie conoce nada. ¿Eres loco o qué? Todo el mundo estudia inglés y francés´. “No; le dije, me gusta tener un idioma que no tiene nadie. Éramos 15 alumnos en español y en inglés, 300; en francés, 500”. Morad, hace una pausa y dice: “También he leído mucho sobre los países que hablan castellano: son 22 países. Yo desde niño tenía ganas de trabajar en turismo. Lo elegí al español porque hay muchos países que lo hablan. A parte siendo pocos guías que lo hablamos puedo elegir el trabajo”.  Este egipcio que se acerca a los 50 años recurre sistemáticamente al tiempo verbal presente como si tuviera miedo de perder algo; como si lo acechara el peligro del olvido.
A El Cairo se lo abandona con algo de tristeza; queda un resabio, la fina sospecha de que algo quedó en el fondo de todo, que no se ha podido entender del todo. Tal vez por lo que dice el proverbio árabe, leído en un libro de Lawrence Durrell: “Si quieres ocultar una cosa escóndela a los ojos del sol”;  y el sol en El Cairo y a toda hora del día, es un adversario poderoso y civilizado, agobia pero no  aniquila.
¿Qué sentís al dejar esta ciudad y a tu esposo?
“Siento alivio. Pero en unos días te dan ganas de volver”, nos dice esta andaluza musulmana compañera de asiento de un vuelo de 4 horas. 

ALGO DE LA INTENSA ESCRITURA DE MARCELA FLURY


 
Lo encuentro con sus manos en cuna meciendo mis insultos para que
calle al fin y duerma entre sus brazos.
Lo encuentro despotricando contra el mundo, insistiendo en cosas que
ya sé, injusticias, realidades que no nos pasan por el costado, que no
las metemos en el bolsillo y que me indignan como a él pero pretendo
ser cálida. La historia es una y nosotros somos parte de ella, pero
ella nos envuelve de tal manera que… que pareciera que no podemos, no
podemos solos ni juntos… Entonces, lo encuentro con su cuerpo
entumecido resistiendo los golpes que le doy para que clave los pies
en tierra firme pero esa es su isla, es ahí donde quiere estar.
Lo encuentro con sus piernas trenzadas a las mías conectando con un
mundo al que no puede resistirse, al menos unas horas al menos una
noche, un recreo,  y mi rostro en su pecho y su caricia en mi pelo
custodiándome.
Lo encuentro cuando hecha un pimpollo estoy, retraída, dudosa, frágil,
y me nutre para que los pétalos abran pero nunca más que los suyos que
me abrazan; nunca tan seguros, tan erguidos, porque él sabe que es
siempre en su terreno donde jugamos sino de otra manera no lo hacemos.
Y quiero ir hasta el cielo y su rayuela tiene un límite, entonces me
siento un laberinto.
Lo encuentro con el puño furioso haciendo arena su piedrita y me
resisto a creer que quiere avanzar conmigo de la mano porque no soy su
arcilla, no soy yo la que abriga.
Lo encuentro, cuando mi sombra interroga, cuando el silencio me
invade, cuando el encierro me ahoga y la libertad me sacude. En el
olvido estoy y él se pierde en el río dejando remolinos en los que
navego.


27/12 1.24 AM
Es el mundo el que interroga
porque el horizonte enarbola
una bandera universal.

Y aunque todo se cuestiona
cuestión que todo se derriba
y en las ruinas se descubre
que no hay casitas de naipes
para armar.

Es el mundo el que interroga
porque la humedad acaricia
los dedos de los pies.

Y en la lluvia
atados a la tierra están los ecos
que rebotan en lo hondo
sin permiso a estremecer

Son los verbos en el charco
poco importa el sustantivo
No puedo ser perla
que se abriga entre capullos.

La nuestra es agua turbia
Inexpresivas están/son
las olas del Paraná viejo

Entonces cualquier intensión se derrumba
Y oculta el río la furia acumulada
cuando reprime el eco
de tu enferma calma.